Cada Navidad algún economista escribe sobre el tema. Este año, fue la gente del NY Times.
Cuando voy a un negocio y compro algo, digamos una cámara digital, pago por ella menos de lo que vale para mí. La cámara cuesta U$S 300, pero yo hubiera estado dispuesto a pagar U$S 350 por tener una cámara de esas características, de modo que me vi beneficiado por U$S 50. Por otro lado, al que me la vendió le costó U$S 280, así que ganó U$S 20. Todos felices, esa es la base de la economía de mercado: en cada transacción, los dos ganan.
Ahora, cuando en Navidad viene una tía y me regala, digamos, un par de medias que le cuesta U$S 20, la cosa cambia. Yo no hubiera pagado más de U$S 5 por esas medias. O sea, en la transacción se perdieron U$S 15. Una parte se compensa con los U$S 2 que ganó el comerciante. Otra parte se compensa con el enorme placer que le causa a mi tía verme usar esas medias amarillas y rojas a rayas.
Se han hecho decenas de estudios sobre la destrucción de valor en Navidad. Lo cual no quita que la gente siga haciendo regalos en Navidad, de modo que algo falta en la ecuación. Como dicen los franceses: «Funciona en la práctica, pero funcionará en la teoría?»
Yo personalmente, una vez regalé un par de medias de lana, para el día del niño, y lo disfruté 10 veces más que lo que me costaron.